El diablo de la botella para niños

Imagina que pudieras pedir lo que quieras, las veces que quieras. ¿Sería genial, verdad? Pero ¿y si esto trajera horribles consecuencias?

No, no te preocupes, no es un libro de terror, pues este diablillo de Stevenson es más travieso que malvado, pero lo que sí es cierto, es que no podrás dejar de leer, porque esta versión infantil tiene todo lo bueno del libro, con el lenguaje perfecto.

Te aseguro que pocas veces vas a disfrutar tanto de un libro, ah, y lo mejor, es que es GRATIS y está EN LÍNEA, así que no tienes que descargar nada. 

El diablo de la botella para niños

En Hawaii había un hombre al que llamaré Keawe. Este no es su nombre real. Lo oculto porque todavía está vivo. Es mejor que su identidad permanezca en secreto. Él era pobre, valiente y activo. Era tan bueno leyendo y escribiendo como el mejor maestro de escuela. Además, era un gran marinero.

A Keawe, un día se le ocurrió que le gustaría ver el mundo y se embarcó hacia San Francisco, que es una hermosa ciudad con un excelente puerto. Ahí hay gente con mucho dinero. Además, tiene una colina que está llena de palacios.

Un día, Keawe se paseaba por esa colina con algo de dinero en el bolsillo. Veía emocionado todas las casas por las que pasaba. “¡Qué construcciones tan bellas!”, pensaba. “¡Y qué felices deben ser quienes viven en ellas, porque no necesitan preocuparse de lo que sucederá mañana!”. De pronto vio una casa que era más pequeña que las otras. Era tan bonita que parecía de juguete. Luego se dio cuenta de que alguien lo estaba mirando a través de una ventana. Era un hombre maduro, calvo y de barba negra. Desde lejos parecía estar muy triste. La verdad es que mientras Keawe miraba al hombre y éste lo observaba a él, cada uno de ellos envidiaba al otro.

De repente, el hombre le hizo una seña a Keawe para que entrara y fue a la puerta para abrirle.

—Mi hogar es muy hermoso —dijo el hombre mientras suspiraba—. ¿Le gustaría ver las habitaciones?

Keawe recorrió la casa desde el sótano hasta el tejado. Todo lo que había en ella era perfecto.

—Esta casa —dijo Keawe—, es muy hermosa. Si yo viviera en una parecida, me la pasaría riendo. ¿Cómo es posible que usted esté tan triste?

—Si usted lo quisiera, podría tener una casa más hermosa que ésta. Tiene algo de dinero, ¿no es así?

—Tengo cincuenta dólares —dijo Keawe—, pero una construcción vale más que eso.

El hombre hizo un cálculo.

—Siento mucho que no tenga más dinero —dijo—, porque eso podría causarle problemas en el futuro, pero será suya por cincuenta dólares.

—¿La casa? —preguntó Keawe.

—No, la casa no —dijo el hombre—. La botella. Debo decirle que aunque parezco una persona muy rica y afortunada, todo lo que tengo viene de una botella. Mírela, aquí la tiene.

Abrió un mueble cerrado con llave. Sacó una botella de panza redonda con un cuello muy largo. El cristal era blanco como la leche. En el interior había algo que se movía. Era como una sombra y un fuego al mismo tiempo.

—Esta es la botella —dijo el hombre, y cuando Keawe se echó a reír, añadió— ¿No lo cree? Pruebe usted mismo. Trate de romperla.

Keawe tomó la botella y la tiró al suelo hasta que se cansó. ¡Rebotaba como una pelota!

—Esto es muy extraño —dijo Keawe—, porque parece y se siente como de cristal, pero no se quiebra.

—¡Es de cristal! —dijo el hombre, mientras suspiraba todavía más—. Pero está hecho en las llamas del infierno. Dentro de ella vive un diablo. La sombra que vemos en movimiento, es la suya. Cuando un hombre compra la botella, el diablo se pone a sus órdenes. Todo lo que esa persona quiera, como amor, fama, dinero, casas o hasta una ciudad como San Francisco, será suyo. Lo único que debe hacer es pedirlo. Napoleón, el más grande conquistador de la historia, tuvo esta botella. Fue por ella que llegó a ser el rey del mundo, pero después la vendió. Ésa fue la razón de su fracaso. Cuando la botella se vende, se pierde todo su poder. Y a no ser que la persona esté contenta con lo que tiene, algo le sucederá.

—¿Por qué la quiere vender si le da todo lo que quiere?

—Tengo todo lo que necesito y me estoy haciendo viejo —respondió el hombre—. Hay una cosa que el diablo de la botella no puede hacer… y es que las personas vivan más años. Debo ser honesto con usted, si alguien muere siendo el dueño de la botella, pasará toda la eternidad en el infierno.

—¡Eso sí que es algo muy malo! —exclamó Keawe—. Creo que no me gustaría tener nada que ver con esto. No me importa mucho tener una casa grande. Lo que sí me importa es condenarme junto a los demonios.

—Piénselo un momento —dijo el hombre—. Sólo debe usar los poderes con moderación. No pida demasiado, ni cosas muy grandes. Luego, sólo véndala como yo lo estoy haciendo ahora y podrá terminar su vida con comodidad.

—Pues no le creo mucho, y le diré mis razones —dijo Keawe—. Una, es que usted se la pasa suspirando como si estuviera enamorado; y la otra, es que la vende demasiado barata.

—Suspiro porque mi salud está débil y como usted mismo ha dicho, morir e irse al infierno es una desgracia —dijo el hombre—. En cuanto a venderla barata, tengo que explicarle algo sobre la botella. Hace muchos años, cuando Satanás la trajo a la Tierra, era extraordinariamente cara. El primer dueño pagó ¡millones de dólares por ella! El que siguió gastó un poco menos, porque sólo puede venderse por una cantidad menor. Si se vende por el mismo precio o uno mayor, la botella vuelve a su propietario anterior como si fuera una paloma mensajera. Por eso, a lo largo de los siglos, su precio ha disminuido mucho. Yo la compré a sólo noventa dólares. Podría venderla por ochenta y nueve dólares con noventa y nueve centavos, pero ni un céntimo más, o la botella volvería a mí.

—¡Qué problema! —dijo Keawe.

—Así es, porque cuando se ofrece una botella así por ese precio, la gente no lo puede creer.

—¿Cómo sé que todo esto es verdad?

—Le diré cómo comprobarlo —replicó el otro—. Deme sus cincuenta dólares, tome la botella y pida que los cincuenta dólares vuelvan a su bolsillo. Si no sucede así, le doy mi palabra que le devolveré su dinero.