El fantasma de Canterville para niños

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Sólo imagínante, en lugar de que el fantasma aterrorice a las personas: ¡la gente espanta al fantasma!

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El fantasma de Canterville para niños

CAPÍTULO 1

Cuando Hiram B. Otis, ministro de Estados Unidos, compró una finca llamada Canterville-Chase, todos le dijeron que no lo hiciera porque estaba embrujada. Hasta se lo dijo el mismo lord Canterville, que era un hombre muy honrando.

—Nosotros no hemos querido vivir ahí por la misma razón —dijo lord Canterville—. Todo empezó cuando mi tía abuela se desmayó. Nunca se repuso de sentir un par de manos de esqueleto que le tocaron sus hombros.

Es importante que le diga, señor Otis, que al fantasma lo han visto varios miembros de mi familia y otras personas de mucha importancia. Después del trágico accidente ocurrido a mi tía abuela, ya ninguna doncella se quiso quedar en casa y ella no pudo dormir por los misteriosos ruidos que llegaban del corredor y la biblioteca.

—Milord —respondió el ministro—, compraré la finca y al fantasma incluido. Además, si alguno de nuestros jóvenes encuentra a ese espíritu, seguro se lo llevará a un museo.

—Me temo que el fantasma existe —dijo lord Canterville, sonriendo—, aunque quizá no le interesen las ofertas de sus jóvenes. Lleva en esta casa más de tres siglos y siempre aparece en los momentos más importantes.

—¡Bah!, los fantasmas no pueden existir. Y no creo que las leyes de la naturaleza sean diferentes para la aristocracia de Inglaterra.

—Si usted desea tener un fantasma en casa, mejor que mejor. Sólo acuérdese que yo lo previne.

Algunas semanas después se cerró el trato de la compra de la finca y el ministro y su familia viajaron a Canterville.

La señora Otis, esposa del ministro, era una mujer muy hermosa y además estaba siempre muy activa. Su hijo mayor se llamaba Washington, era rubio y de buena figura. Era un gran bailarín. La señorita Virginia Otis era una linda muchachita de quince años, esbelta, graciosa y con grandes ojos azules. Después de Virginia venían dos gemelos, que eran unos niños encantadores.

Como Canterville-Chase estaba a siete millas de Ascot, la estación de trenes más cercana, el señor Otis mandó un telegrama para que fueran a buscarlos en coche. Y así, emprendieron el viaje con una gran alegría.

En el camino vieron a un faisán, a una paloma arrullándose con su voz más dulce, a unas lindas ardillas en lo más alto de los árboles y a conejos que saltaban de un matorral a otro. Un viaje maravilloso.

Sin embargo, en cuanto entraron a la avenida de Canterville-Chase, el cielo se llenó repentinamente de nubes. Un extraño silencio cubrió todo y antes de llegar a la casa, comenzó a llover.

En la entrada de la casa estaba una señora anciana, muy limpia y vestida con seda negra y un delantal blanco. Era la señora Umney, el ama de llaves de la casa. Cuando los vio llegar hizo una reverencia y dijo:

—Les doy la bienvenida a Canterville-Chase.

La siguieron y atravesaron un hermoso recibidor hasta la biblioteca donde ya estaba preparado el té.

Cuando se quitaron los trajes de viaje, se pusieron a curiosear alrededor suyo, mientras el ama de llaves iba de un lado para otro.

De pronto, la señora Otis vio una mancha de un rojo oscuro que había sobre el piso junto a la chimenea y le dijo a la señora Umney:

—Veo que hay algo vertido en ese sitio.

—Sí, señora. Lo que hay ahí es sangre.

—Es espantoso —gritó la señora Otis—. No quiero manchas de sangre en el salón. Es preciso quitar eso inmediatamente.

La anciana sonrió y dijo con voz baja y misteriosa:

—Es sangre de lady Leonor de Canterville, que fue muerta en este mismo sitio por sir Simon de Canterville hace muchísimos años, en mil quinientos sesenta y cinco.

Sir Simon la sobrevivió nueve años y luego desapareció misteriosamente. Su cuerpo nunca se encontró, pero su alma sigue viviendo en esta casa. La mancha ha sido admirada por muchas personas, hasta vienen turistas a verla, pero no se puede quitar.

—¡Todas esas son tonterías! —exclamó Washington Otis—. El producto “quitamanchas del campeón Pinkerton” hará que desaparezca en un abrir y cerrar de ojos.

Y antes de que el ama de llaves pudiera intervenir, ya se había arrodillado y frotaba con fuerza la madera con una barrita parecida a un cosmético negro. A los pocos instantes, la mancha había desaparecido sin dejar rastro.

—Ya sabía yo que el “Pinkerton” la borraría —exclamó en tono triunfal.

Pero apenas había pronunciado estas palabras cuando un gran relámpago iluminó el salón y el sonido del trueno levantó a todos, menos a mistres Umney que se desmayó.

—Qué clima más feo —dijo el ministro con tranquilidad. Creo que en Inglaterra, la tierra de nuestros abuelos, hay tanta gente que el buen tiempo no alcanza para todos.

—Querido Hiram —dijo la señora Otis a su marido—. ¿Qué vamos a hacer con una mujer que se desmaya?

—Descontaremos eso de su salario, te aseguro que así no se volverá a desmayar.

Al poco tiempo la señora Umney volvió en sí. Sin embargo, se veía preocupada y muy seria le advirtió a la señora Otis que algo malo pasaría en la casa.

—Señores, he visto con mis propios ojos cosas que le pondrían los pelos de punta a cualquier cristiano; y durante muchas noches no he podido dormir por los terribles hechos que han pasado.