El hombre invisible para niños

Si alguien te preguntara: “¿qué harías si fueras invisible”? sería un poco de trampa, porque eres una niño o un niño bueno, con buenos valores y pues, lo más seguro, es que se te ocurrirían algunas travesuras, pero nada más.

En cambio, a H. G. Wells, el autor de este sorprendente libro, se lo ocurrió poner a un personaje malvado como protagonista, así que lo que hace después de hacerse invisible es, por decir poco, sorprendente.

Esta es una versión infantil del famoso libro, así que puedes disfrutarlo con tranquilidad, y también puedes leérselo a tus hermanos o hasta a tus papás. 

El hombre invisible para niños

La llegada del hombre desconocido

El desconocido llegó un día con mucho viento de febrero desde la estación de tren. En su mano llevaba una pequeña maleta negra. Entró a la posada muy cansado y después de soltar su maleta dijo: “Una habitación con chimenea, por favor”. Siguió a la señora Hall para pagar y se alojó en la posada.

La señora Hall encendió el fuego, lo dejó solo y se fue a prepararle comida. Al regresar se sorprendió que el huésped todavía tenía puesto el abrigo a pesar de la chimenea.

—¿Me permite su abrigo y su sombrero para que se sequen en la cocina, señor? —dijo la señora Hall.

—No —contestó éste sin voltear a verla—. Prefiero tenerlos puestos.

Ella observó que el hombre llevaba puestas unas grandes gafas azules y que el cuello alto de su abrigo le cubría por completo la cara. Como se dio cuenta que el desconocido no deseaba conversar, se retiró.

Cuando volvió, él todavía seguía ahí, mirando a la ventana como si fuera una estatua. Le dejó unos huevos en la mesa y se marchó. Él no se movió hasta que escuchó que la puerta se había cerrado. Después se abalanzó sobre la comida de la mesa.

Cuando ella regresaba a la cocina, escuchó un ruido que se repetía regularmente. Era una cuchara golpeando contra un contenedor. Era Millie batiendo la mostaza. La regañó un poco porque se tardaba mucho en hacerlo.

Cuando regresó al cuarto del huésped, tocó la puerta y abrió. El visitante se movió tan rápido que apenas alcanzó a ver un objeto blanco que se escondió debajo de la mesa. Ella vio el abrigo y el sombrero del desconocido.

—Supongo que ahora podré llevármelos para secarlos —dijo la señora Hall.

—No se lleve el sombrero —contestó el visitante con voz apagada.

Cuando la señora Hall se volteó a verlo, él había levantado la cabeza y la estaba mirando. Él se estaba tapando con una servilleta de tela la cara, por eso su voz se escuchaba así. Lo que más le impresionó a la señora es que tenía la cabeza cubierta con una venda hasta las orejas y tenía las gafas azules puestas. Sólo se le veía el cabello negro y abundante.

—Lo siento, señor, no sabía…—dijo la señora Hall.

—Gracias —contestó secamente.

La señora Hall se llevó la ropa mojada y al salir de la habitación volteó a ver de nuevo la cabeza vendada y las gafas azules. Él seguía cubriéndose la cara con la servilleta.

El visitante se sentó y escuchó cómo se alejaban los pasos de la señora Hall. Se levantó, cerró las cortinas para dejar la habitación en completa oscuridad y terminó su comida.

Después de algunas horas, la señora Hall y él tuvieron una pequeña conversación donde ella le hablaba de accidentes y vendajes, pero a él no parecía interesarle mucho. Él se mantuvo todo el tiempo en un sofá en su cuarto a oscuras, por lo que ella apenas pudo ver su silueta.

Después de eso, el forastero se quedó en su habitación hasta las cuatro, sin permitir que nadie entrara. Desde afuera se le escuchaba hablar solo y caminar en círculos.

Las primeras impresiones del señor Teddy Henfrey

Ya estaba oscureciendo. La señora Hall intentaba darse valor para entrar en el salón donde estaba el visitante. De pronto llegó Teddy Henfrey, el relojero. Como él traía su caja de herramientas, a la señora Hall se le ocurrió una idea.

—Señor Teddy, me gustaría que revisara el reloj del salón. Funciona bien, pero la aguja siempre marca las seis.

Después de tocar a la puerta, entraron a la habitación. El forastero parecía estar medio dormido y tenía la cabeza inclinada hacia un lado. No se veía bien por la oscuridad. Por un instante, pareció que el hombre tenía una enorme boca abierta que le cubría la mitad del rostro. El hombre se movió, la señora Hall abrió la puerta de par en par para que entrara la luz y verlo con claridad, pero una bufanda le cubría toda la cara.

—Le importaría que este hombre entrara a arreglar el reloj —dijo la señora Hall.

—Claro, está bien —contestó mientras intentaba despertarse—. No me agrada ser molestado, pero también me parece bien que lo arreglen. Cuando terminen con el reloj, me gustaría tomar una taza de té. Y, por cierto, ¿ya sabe en qué momento me traerán mi equipaje?

Ella le contestó que había hablado con el cartero y que se lo llevarían al día siguiente temprano. El forastero preguntó si era lo más rápido que se podía, pero la señora Hall no tenía dudas sobre eso.

—Ahora que ya no estoy cansado, le puedo explicar que soy un científico —dijo el hombre.

—¿En verdad? —preguntó la señora Hall impresionada.

—Así es, y en mi maleta tengo aparatos y accesorios muy importantes que necesito para continuar con mis investigaciones. Le comento también que la razón que me trajo a este lugar es que deseo trabajar sin interrupciones, además de un accidente…

—Lo suponía.

—Necesito tranquilidad. Tengo los ojos tan débiles que debo encerrarme en la oscuridad durante horas. Usted comprenderá que si alguien entra de pronto y sin avisar en la habitación me hará enojar mucho.

—Claro, señor, y si me permite preguntarle…

—Creo que eso es todo —acabó el forastero, y ya no la dejó decir nada más.

Henfrey se quedó para arreglar el reloj. Mientras lo hacía, el desconocido permaneció parado y en silencio todo el tiempo. Al relojero esto le parecía misterioso. Como se sentía muy incómodo, quiso hacer un comentario sobre el clima, a lo que el hombre respondió:

—¿Por qué no termina de una vez y se marcha? Sólo tiene que colocar la manecilla de las horas en su eje, no crea que me está engañando.

El señor Henfrey pensó que si la policía lo estuviera buscando, no lo podrían encontrar con la cara llena de vendajes. Luego terminó de arreglar el reloj y se marchó.

El señor Hall, que había ido de compras y no sabía de la existencia del forastero,  se encontró a Henfrey en el camino, quien le contó todo lo que sabía de su nuevo inquilino. Al llegar a su casa, la señora Hall lo regañó por tardarse tanto y no le contestó a las preguntas que le hacía sobre el inquilino.

El señor Hall se propuso saber todo sobre aquel hombre, por lo que le dijo a su esposa que en cuanto llegara el equipaje lo debían revisar.

—Tú ocúpate de tus cosas y yo de las mías —le dijo la señora Hall a su esposo, aunque pensaba que el forastero era un hombre muy extraño y no se sentía tranquila con él ahí.