El príncipe y el mendigo para niños

Cuando escuchamos el nombre de Mark Twain, de inmediato nos viene a la cabeza Tom Sawyet, y sí, es un libro genial, pero es que a veces los libros menos conocidos de los autores pueden ser incluso mejores que los más famosos.

Aquí tenemos un ejemplo: El príncipe y el mendigo es un gran libro infantil y este resumen para niños tiene todas las aventuras, pero con un lenguaje adecuado para nuestro hermoso público, así que si tienes entre 9 y 14 años, vas a disfrutar mucho, pero mucho la lectura

También funciona bien como una reseña por capítulos, pero te recomendamos que en algún momento leas la versión completa. 

El príncipe y el mendigo para niños

Hace mucho tiempo, en Londres, nació un niño de la familia Canty. Ellos eran pobres y no querían un bebé. El mismo día, nació otro inglés de la familia Tudor. ¡Tenían tanto dinero! Ellos sí deseaban tener un miembro más.

Lo deseaban tanto, que cuando se supo la noticia, se hicieron fiestas por toda la ciudad. No se hablaba de otra cosa más que del pequeño príncipe de Gales.

En cambio, nadie dijo una palabra del pobre Tom Canty. Nadie lo quería.

Vamos a saltarnos unos años. En aquella época, Londres era una ciudad enorme, pero también sucia y peligrosa. Así era el barrio de la familia Canty. Ellos vivían en un tercer piso. Sólo los papás tenían un colchón viejo. Los niños dormían en el suelo.

Bet y Nan era gemelas, las hermanas de Tom, tenían quince años. Aunque estaban mugrosas, tenían buen corazón. Su madre se parecía a ellas. En cambio, ¡el padre y la abuela eran como demonios! Cuando se enojaban, le pegaban al primero que pasaba frente a ellos. Juan Canty, el papá, era un ladrón. Lo peor es que hizo que sus hijos fueran pordioseros, es decir, los mandaba a pedir dinero a las calles. Eso sí, los niños nunca robaron algo.

En aquella vecindad vivía un buen anciano. Era sacerdote. Él ayudó a que muchos niños se portaran bien. El padre Andrés también le enseñó a Tom algo de latín y a leer y escribir.

La vecindad y las calles donde pedía limosna eran el mundo de Tom. Él pensaba que todas las personas vivían así. El sacerdote pasaba horas y horas contándole cuentos con gigantes, hadas, enanos, genios, castillos encantados con sus reyes y príncipes. ¡Su mente se llenó de hermosas fantasías!

En las noches, cansado y hambriento, soñaba aventuras. Lo que más le gustaba era pensar que era un príncipe al que todos cuidaban y consentían.

También leía mucho los viejos libros del sacerdote. Poco a poco, el pequeño Tom fue cambiando. Los personajes de sus sueños eran tan felices que él deseaba ser como ellos. ¡Quería estar limpio! Por eso iba al río a bañarse.

Nuestro héroe cambió tanto, ¡que comenzó a pensar que era un príncipe! Hablaba y se movía diferente. Por desgracia, su familia y amigos se burlaban de él. Bueno, eso fue sólo al principio, porque después todos comenzaron a admirarlo. ¡Parecía tan inteligente! ¡Era tan sabio! Después de un tiempo, hasta los adultos le pedían consejos. ¡Se convirtió en alguien famoso! Aunque no para su familia, porque no entendían lo especial que era Tom.

Al poco tiempo, en la vecindad ya había una corte. Tom era el príncipe y sus amigos actuaban como guardias, escuderos y como parte de la familia real. Su Alteza fingida daba órdenes y mandaba a sus ejércitos. Después iba a pedir limosna, comía un pedazo de pan viejo y regresaba a dormir para soñar con su maravilloso mundo.

Día a día se fue metiendo a su mente un único deseo: conocer a un príncipe verdadero. Ya no pensaba en nada más.

Tom fue a caminar por las calles. De pronto se detuvo. Estaba maravillado. ¡Un palacio! ¡Tenía un palacio frente a él! Se acercó a las rejas escondiéndose de los guardias. Entonces soltó un grito. ¡Un príncipe! Por fin logró conocer a uno de carne y hueso. Sin darse cuenta, ya tenía la cara pegada a los barrotes, pero un guardia lo quitó de ahí.

—¡No te acerques, muchacho pordiosero! —le dijo el soldado.

Las personas que estaban cerca se rieron, pero el príncipe se acercó muy enojado y le gritó:

—¿Cómo te atreves a maltratar a este pobre niño? ¡Abre la puerta y déjalo entrar!

La gente comenzó a aplaudir y a gritar: “Viva el príncipe de Gales”.

Tom entró. El príncipe, que vestía ropa hermosa, le dio la mano.

—Parece que estás muy cansado —dijo el príncipe—. Ven conmigo. ¿Cómo te llamas?

—Tom Clancy, para servirle, señor. Vivo en Offal Court.

—Tienes un nombre extraño. ¿Tienes padres?

—Sí, y también una abuela que es muy mala y dos hermanas que son gemelas.

—Por lo que veo, tu abuela te trata mal.

—Sí, sobre todo cuando me pega.

—¿Cómo es posible que le pegue a un niño pequeño y débil? ¿Tú padre se comporta mejor?

—Igual que ella.

—Bueno, al parecer todos los padres son iguales. El mío no me pega, pero me insulta. Cuéntame de tu madre.

—Es muy buena, al igual que mis hermanas. Ellas tienen quince años.

—La princesa Isabel, mi hermana, tiene catorce. También tengo una prima de mi edad. Es muy bella. Dime, ¿tus hermanas les prohíben a sus sirvientes que se rían?

—¿En verdad, príncipe, usted cree que mis hermanas tienen criados?

El príncipe se quedó pensando y luego dijo:

—Pues claro que lo creo. Si no los tuvieran, nadie les ayudaría a desvestirse por las noches.

—Pues así es. Nadie les quita su vestido.

—¿Cómo? ¿Es que sólo tienen un vestido?

—No necesitan más, señor. Ellas sólo tienen un cuerpo.

—¡Qué curiosos pensamientos tienes! No te preocupes, tú y tus hermanas tendrán sirvientes. Tú hablas con cortesía y corrección, ¿has estudiado?

—Un buen sacerdote, el padre Andrés, me explicó lo que dicen sus libros.