Los piratas de Malasia para niños

Qué felicidad que estés aquí, y no sólo porque has llegado para leer uno de los mejores libros de aventuras de Emilio Salgari, sino que ésta no es una de sus obras más conocidas, pero sí una de las mejores, eso significa: ¡que eres una experta o un experto en lecturas infantiles!

Así es, no importa la edad que tengas, vas a disfrutar de este resumen para niños, ah, pero no te preocupes, que puede ser una versión infantil, pero tiene toda la emoción del libro completo, pero con el lenguaje adecuado para los niños.

Disfruta de esta aventura de piratas y sujétate bien del palo mayor, porque las tormentas están a todo lo que dan.

Los piratas de Malasia para niños

Muchas veces hemos escuchado que los piratas son hombres malvados que sólo se dedican a robar. Bueno, pues esto no siempre es cierto. Vamos a leer la historia de uno de los más grandes piratas de todos los tiempos. Ya tú dirás si lo que nos han contado de ellos es cierto o no. El relato comienza así:

—Contramaestre Bill, ¿dónde estamos?

—En Malasia, querido Kammamuri.

—¿Vamos a tardar mucho en llegar?

—No lo creo. ¿Te estás aburriendo?

—No, pero es que vamos demasiado despacio.

El contramaestre Bill era un hombre muy alto y de cuarenta años, miró a Kammamuri, que era un indio de veinticinco años, moreno y alto también. Tenía las orejas adornadas con aretes y el cuello con collares.

—¡Por los mil truenos! —gritó Bill—. ¿Qué el Young India viaja despacio? Jamás había escuchado un insulto tan grande.

—Lo siento, contramaestre. Tengo tanta prisa que hasta el barco de un corsario sería lento para mí.

—¿Por qué la urgencia?

—Si usted supiera…

—Vaya, conque quieres hacerte el misterioso.

—Mejor dígame cuándo llegaremos a Sarawack.

—Pues eso depende. Desembarcaremos pronto si no nos alcanza una tormenta o nos abordan algunos piratas.

—¿Hay piratas por aquí? —preguntó el indio con miedo.

—Muchísimos.

—¿Está hablando en serio?

—Mira, ahí está una isla. Se llama Mopracem y en ella habita un hombre terrible: El Tigre de Malasia.

—¿Qué pasaría si nos asaltara?

—Nadie sobreviviría. Él es más feroz que un tigre de la selva.

De pronto se escuchó un silbido y luego un golpe que hizo temblar los tres mástiles del barco.

—¡Oh, oh! —dijo el contramaestre—. Dentro de poco comenzaremos a bailar.

—No entiendo qué quiere decir —dijo Kammamuri.

—Nos acercamos a una gran tormenta.

El contramaestre tenía razón. El mar de Malasia, que unos minutos antes parecía un cristal, comenzó a agitarse con furia. De pronto, apareció en cubierta el capitán Mac-Clintock.

—Que los pasajeros vayan a sus cuartos —gritó.

Todos obedecieron menos Kammamuri, quien molestaba al capitán con muchas preguntas.

—Bill, llévate a este hombre de aquí —le ordenó el capitán y el indio fue arrojado por una escotilla a su cuarto.

El cielo ya estaba completamente negro. No se podía ver a más allá de dos metros de distancia. Se escuchaban los golpes de las olas contra el barco, que parecía un juguete en el mar. El capitán daba instrucciones a todos, cuando, de pronto, un relámpago cayó tan cerca, que se dieron cuenta que estaban a unos metros de la isla. Lo más terrible no fue eso, sino que Mac-Clintock vio una figura humana en la cima de una piedra, con los brazos cruzados y sin tener miedo a la tormenta. Ese hombre tenía un par de ojos que brillaban como carbones encendidos. Además, parecía que le estaba haciendo señales amistosas con las manos.

—Que Dios nos proteja —dijo Bill que también lo vio— ¡Es el Tigre de Malasia!

Su voz fue apagada por un espantoso trueno. El mar ya no hacía olas, sino montañas de agua. El barco se inclinaba de un lado hacia otro. Se alzaba y caía con fuerza contra el océano. Los marineros no sabían si lograrían salir vivos de esa tormenta. Ya no era posible luchar.

El capitán tomó la decisión de cambiar el rumbo o morirían ahí.

—¡Listos para dar la vuelta! —gritó Mac-Clintock.

Bill reunió toda su fuerza para girar el timón y casi al mismo tiempo el barco chocó.

—¡Otra vuelta, Bill! —dijo el capitán.

Su voz ya no fue escuchada. Una gigantesca ola cayó sobre ellos. Se oyó el crujir de la madera y un golpe espantoso destrozó al Young India cerca de la playa.

El barco ya estaba inservible. El capitán y Bill se dieron cuenta de que le había entrado mucha agua y que no era posible repararlo.

—¿Qué haremos? —preguntó Bill.

—Esperar a que amanezca —contestó el capitán.

—¿Cree que el barco resistirá los golpes del mar?

—Sí. Estamos atrapados aquí, pero no nos pasará nada.

Kammamuri se acercó a ellos para saber lo que sucedería, pero al enterarse de que no podrían llegar a su destino, se puso muy triste.

—¿En dónde estamos? —le preguntó el capitán a Bill—, ¿qué isla es ésta?

—Estoy casi seguro de que es Mompracem.

—¡Por Dios! No podríamos estar en un lugar peor.

—Y eso no es todo. Un amigo mío me ha dicho que el Tigre de Malasia ha regresado.

—Entonces estamos perdidos. En poco tiempo nos atacarán él y sus malayos.

Apenas estaba diciendo eso, cuando Bill se dio cuenta de que cuatro barcos se acercaban velozmente. Lo peor era que gran parte de sus armas se habían destruido por el choque. Sólo les quedaban algunos fusiles, espadas y muchas hachas.

Todos los hombres se armaron y subieron a popa para organizar la defensa. En los cuatro barcos venían 80 hombres. Traían enormes rifles y cimitarras, que eran las espadas que ellos usaban. Sus barcos tenían muchos cañones e incontables balas para ellos. De pronto, se escuchó un fuerte cañonazo.

—¡Ánimo, muchachos! —gritó el capitán—. Vamos a defender nuestras vidas.

Los marineros dispararon sus fusiles y, casi de inmediato, después se escucharon gritos en los barcos de los malayos.

—¡Vamos muy bien! —gritó el contramaestre—. ¡Los vamos a derrotar!

Su voz no se escuchó por los disparos de los piratas. Detonaron cañones y fusiles con gran precisión. En muy poco tiempo, los marineros del Young India estaban vencidos. Sólo un hombre seguía luchando con un largo sable. Era Kammamuri, quien se defendía como un león. De pronto, le rompieron el arma con un martillo enorme y dos piratas se lanzaron sobre él.

—¡Socorro! ¡Socorro! —gritó el valiente indio.

—¡Alto! —gritó una voz—. Ese hombre es un héroe.

El hombre que dijo esas palabras era alto, de piel blanca y con bigote. Tenía unos 32 años y parecía un hombre rico. Vestía tan elegante que nadie pensaría que era un pirata.

—¿Te sorprende que te haya salvado?

—Me sorprende tanto que todavía no sé si estoy vivo.