La isla misteriosa Julio Verne

¿Sabes qué es un crossover? Es cuando diferentes historias se reúnen, por ejemplo, cuando Marvel junta a sus héroes. Pero, si creías que esto es una invención moderna, pues no, porque el gran Julio Verne realizó un fabuloso crossover de algunos de sus libros más famosos aquí.

Así es, si quieres ver al antagonista de Los hijos del Capitán Grant o volver a saber del Nautilus, este es tu lugar. 

Por cierto, esta versión para niños es el mejor resumen que podrás encontrar de La isla misteriosa en toda la red. 

La isla misteriosa Julio Verne

—¿Nos elevamos?

—¡No, estamos bajando! ¡Tiren los costales de arena!

—¡Ya, pero no subimos! ¡Escucho las olas del mar!

—¡Estamos muy cerca del agua! ¡Arrojen todo lo que pesa, ahora!

Era el 23 de marzo de 1865. Un terrible huracán que duró cinco días, había destruido todo a su paso en casi todo el mundo. El globo aerostático en el que viajaban estos hombres que gritaban, giraba con violencia y no había nada que pudiera detenerlo. Los pasajeros no sabían dónde estaban y no lograban ver nada. El viento y la lluvia los tenían rodeados. Por momentos parecía que era de noche.

Cuando por fin el globo se libró del peso, pudo elevarse lo suficiente para no estar en medio del huracán. Al día siguiente notaron que todo volvía a la calma. Pero también se dieron cuenta que el globo comenzaba a perder gas y a bajar lentamente. Decidieron tirar lo último que les quedaba de comida y hasta lo que traían en las bolsas de su ropa. Intentaban mantenerse en el aire, pues hasta ese momento no había un solo lugar dónde aterrizar a salvo. ¿Estaban perdidos?

El globo se había roto en una parte donde ninguno de los pasajeros podía repararlo. Por ahí se escapaba el gas y, debajo de ellos, las olas del mar eran violentas aún.

—¿Seguimos bajando?

—¡Sí!

—¡Entonces tendremos que tirar la canasta y agarrarnos a la red del globo!

Así lo hicieron. Al cortar las cuerdas el globo se elevó muy rápido. Pero después de un rato, comenzó a bajar de nuevo. De pronto se oyó un ladrido. Era el perro de uno de ellos que también los acompañaba.

—¿Has visto algo? —preguntó un hombre.

—¡Tierra, tierra! —respondió otro.

Sólo les faltaba una hora para llegar, pero no parecía que el globo pudiera lograrlo. Media hora después las olas ya los golpeaban con fuerza.  Una de ellas fue violenta, pero después de eso, se volvieron a elevar muy rápido y el viento los empujó hacia tierra. Estaban a salvo. Cinco hombres y un perro habían viajado en ese globo, pero sólo cuatro lograron llegar. Se dieron cuenta que aquella ola había arrancado de la malla a uno de sus compañeros y su fiel perro se había lanzado al mar con él. Esa era la razón por la que el globo se había vuelto a elevar y gracias a eso los demás lograron llegar a la playa. En cuanto se dieron cuenta comenzaron a gritar:

—¡Puede que logre llegar a la orilla! ¡Salvémoslo!

Los pasajeros no eran expertos en volar globos. ¡Eran prisioneros de guerra! Se habían fugado de Richmond, Estados Unidos. Uno de ellos, era el valiente Ciro Smith. El otro era el periodista Gedeón Spilett. Ambos se conocieron al ser atrapados y desde entonces se hicieron buenos amigos. Nab, era un hombre negro que había sido esclavo, pero gracias a Ciro fue liberado. El agradecido Nab nunca quiso separarse de él y lo acompañaba a todas partes.   

 

Lo que te acabo de narrar sucedió porque la ciudad estaba en guerra. Jonathan Foster era del bando enemigo y había tomado Richmond y a los prisioneros. Este hombre quería salir de la ciudad para reunirse con su ejército, pero el General Grant no se lo permitía hasta que dejara libre a su gente, incluidos Ciro y Gedeón. Al verse en tal problema, Foster decidió fugarse en un globo, pero el huracán no se lo permitía.Pencroff era un marino y prisionero también. Un día, se acercó a Ciro y le dijo:

—Señor, ¿quiere escapar de Richmond?

—¿Cuándo? —preguntó Smith sin importarle si conocía a Pencroff.

Entonces le contó su plan de robarse el globo de Foster en pleno huracán. Sólo podían viajar seis y ellos eran cinco: Ciro, Gedeón, Nab, Pencroff y Harbert Brown, quien era un joven huérfano que había sido adoptado por Pencroff. Al caer la noche, el viento era muy fuerte y el lugar donde la aeronave estaba atada, se encontraba sin vigilancia. Sin pensarlo dos veces, los cinco hombres subieron a la canasta del globo. Cuando Ciro iba a dar la orden de partir, su perro Top subió con ellos de un salto. Recordaron que el globo estaba hecho para seis pasajeros, así que lo dejaron quedarse. Cortaron los cables y el huracán se los llevó con fuerza por el aire. Así pasaron los cinco días hasta que cuatro de ellos lograron llegar a tierra. Los pasajeros que no lo lograron ¡eran Ciro y su perro Top!

Gedeón Spilett, Harbert, Pencroff y Nab, sin importarles el cansancio, comenzaron a buscar a su compañero y al perro. Comenzaba a anochecer y el camino se hacía cada vez más difícil, pues todo estaba muy oscuro. De vez en cuando se detenían para gritarle a su amigo, pero nadie respondía. Después de un rato, se dieron cuenta que estaban de nuevo en el lugar donde habían comenzado.

—¡Es una isla! —grito Pencroff— ¡Y la hemos recorrido toda!

Esto los desilusionó, pues no sólo no habían encontrado a Ciro, si no que el lugar no tenía nada para comer y era muy pequeño. Entonces decidieron esperar para tener mejor suerte al amanecer.

Esa noche pasaron frío y hambre. No pudieron dormir pues estaban muy preocupados por Ciro y Top. En un momento de desesperación, Nab gritó con todas sus fuerzas el nombre de su amigo. Pencroff se dio cuenta que el sonido regresaba. Entonces tuvo la esperanza de que, no muy lejos de ahí, hubiera otra isla, pues los gritos de Nab rebotaban con algo cerca de ellos y que no era por donde habían estado. Al menos estaban seguros de que estaban lejos de la ciudad de la que se habían fugado.

A la mañana siguiente, descubrieron que cerca de ellos había otro pedazo de tierra. No estaban seguros si era parte de un continente u otra isla, pero eso les dio nuevas esperanzas de encontrar ahí a Ciro. El problema es que un gran río con fuertes corrientes los separaba de ese lugar. Pero Nab no pudo contenerse y sin pensarlo se lanzó al agua y comenzó a nadar. Sus compañeros estaban angustiados, pero después de media hora y con mucha dificultad, el hombre logró llegar al otro lado y desapareció entre las rocas en busca de su amigo. Mientras tanto, el resto de sus compañeros decidieron esperar a que bajara la marea. Cuando por fin bajó, cruzaron a toda prisa hacia aquella nueva tierra.

Mientras Gedeón Spilett fue a buscar a sus compañeros, Pencroff y Herbert se quedaron a recolectar comida y a buscar refugio. Pronto hallaron un río de agua dulce, frutos, peces, aves, huevos, leña y hasta un refugio en una gran cueva.

Desde la cima de un risco, pudieron ver todo y comprobaron que era una gran isla. Esperaban ver a sus compañeros, pero no tuvieron suerte.

Cuando por fin iban a comenzar a preparar la cena, Pencroff se dio cuenta que había perdido su caja de cobre que contenía cerillas. Pronto comenzaron a buscarla por todos los lugares en los que habían estado. No encontraron nada.