Los tres mosqueteros para niños

Alejandro Dumás escribió varios de los libros más fascinantes de aventuras. ¿Quién no ha escuchado hablar de los tres mosqueteros: Athos, Porthos y Aramis, además de, claro, el protagonista del libro: D’artagnan.

En este resumen para niños y jóvenes podrás encontrar la esencia de este libro, sin perderte las aventuras principales de sus personajes. 

Encontrarás historias de amor, de valentía pero, sobre todo, de amistad, pues el de los TRES MOSQUETEROS es, tal vez, el libro con el mensaje de amistad más famoso que se ha hecho hasta ahora. 

Los tres mosqueteros para niños

Nuestra historia sucedió en el siglo XVII. En esos tiempos, hubo muchos reyes y todos peleaban entre ellos. Unos querían más tierras y otros ser los más poderosos.

Como todo gran libro necesita de un personaje maravilloso, te presentamos al joven D’Artagnan. Él era gascón, y allá en Francia todos decían que los nacidos en Gascuña, eran los hombres más valientes.

Cuando cumplió catorce años, su padre le dijo:

—Ya es hora de vivir aventuras. Te has convertido en un hombre por dos razones: eres gascón y eres mi hijo. Ten, te regalo mi caballo. Nunca lo vendas. Y recuerda, debes cuidar siempre a los más débiles.

—Así lo haré, padre —contestó D’Artagnan.

—Nunca permitas que alguien te trate mal. Busca servirle al rey o al cardenal, que son los hombres más importantes de nuestra Tierra.

—Pero, ¿cómo debo empezar mis aventuras? —preguntó D’Artagnan.

—Ten esta carta, es para el señor de Tréville. Él es capitán de los mosqueteros. Trata de llegar a ser tan grande como él.

—Yo siempre he querido ser un mosquetero, padre. ¡Son los más valientes y respetados!

—Pues entonces, ve, busca tu futuro y no olvides ser siempre una buena persona.

Luego de estas palabras, su padre le dio una espada, lo besó en las mejillas y lo dejó salir de la habitación.

Después se encontró a su madre. Ella lloró mucho, ¡no quería que su hijo se fuera! Y te vamos a contar un secreto, nuestro joven D’Artagnan también dejó caer algunas lágrimas.

Así se fue nuestro héroe, muy emocionado con sus tres regalos: su caballo, trece escudos (que eran unas monedas de poco valor) y la carta para el señor Tréville.

A lo lejos, parecía un quijote de La mancha, pero en lugar de imaginar que los molinos de viento eran gigantes, pensaba que todas las personas querían hacerle daño. Cuando alguien  sonreía, él pensaba que se estaba burlando de él, y cuando alguien lo miraba, se sentía agredido. Vamos, la verdad es que nuestro amigo era un peleonero. Pero antes de que te enojes con él, intenta conocerlo un poco más, a lo mejor nos da una buena sorpresa.

Al llegar a un hostal, que es el lugar donde se alimentaban y dormían los viajeros, escuchó a un hombre grande y fuerte, hablar con voz muy alta. D’Artagnan creyó que se estaba riendo de él, y muy agresivo gritó:

—¡Usted! ¿Qué le parece si me cuenta su chiste? Así nos divertiremos juntos.

—Yo no le estoy hablando, señor —contestó el hombre un poco molesto.

—¡Pero yo si a usted! —dijo muy enojado el joven.

La verdad es que el hombre sí se estaba burlando de él, bueno, de su caballo, que estaba flaco y viejo. Por eso salió a verlo y a reírse más de él. Pero claro que D’Artagnan no iba a permitir esto, por lo que sacó su espada y dijo:

—Voltéate, señor burlón, para que no te ataque por la espalda.

—¿Herirme a mí? —dijo el hombre con desprecio—. Ya no juegues así, niño, que te estás volviendo loco.

De pronto, D’Artagnan lo atacó con su espada. El hombre sólo se hizo para atrás, mientras que sus dos compañeros agredieron al joven con unos bastones.

—Suban a ese niño a su caballo amarillo y que se vaya —dijo el hombre.

—¡Antes acabaré contigo! —gritó D’Artagnan.

Después de muchos golpes más, por fin el joven cayó agotado. Lo más triste es que rompió su espada. Después, el hostelero lo llevó a la cocina para atenderlo.

Un señor, con una cicatriz en la cara, se quedó en la ventana mirando.  Preguntó cómo estaba el muchacho.

—No tiene ninguna herida grave, pero se desmayó. Antes de hacerlo, me dijo que quería retar a un duelo al hombre que lo atacó —dijo el hostelero.

—Ese muchacho es un demonio.

—No señor, creo que es un joven de buena familia. En su bolso tenía una carta para el señor de Tréville.

—¡Para el señor de Treville! —dijo sorprendido el señor de la cicatriz.

En ese momento, dio la orden de preparar todas sus cosas para partir al día siguiente. Luego el hostelero fue con D’Artagnan para pedirle que se fuera de ahí.

—Si no lo hace, joven, la policía lo va a encerrar por atacar a una gran persona.

El joven le hizo caso, pero al bajar las escaleras, lo primero que vio fue al señor platicando con una bella mujer de unos veinte años. Tenía los ojos verdes y el cabello rubio.

—Vuelve a Inglaterra de inmediato, y avísele si el duque abandona Londres —le dijo el hombre.

—¿Y sobre mis otras órdenes? —preguntó la mujer.

—Están guardadas en una caja. No la abras hasta llegar a Inglaterra.

D’Artagnan los vio, pero como no los conocía, no hizo mucho caso. Luego se fue a su cuarto e hizo una preparación que  le enseñó su madre para las heridas. El hostelero pensó que estaría grave más de una semana, ¡pero al día siguiente ya estaba recuperado! Al momento de pagar la cuenta, vio que la carta para el señor de Tréville había desaparecido.

—¡Entréguenme mi carta de recomendación, o los corto en pedacitos! —dijo el joven gascón.

Pero de seguro recuerdas que él ya no podía atacar a nadie, porque su espada se rompió en dos. Cosa que él no recordaba. Así que cuando la sacó, vio que ya no servía.

—¡Espere, espere! —dijo el hostelero. ¿Qué no se da cuenda que se la robaron?

—¡De seguro fue el caballero con el que luché!

D’Artagnan se fue y llegó a París donde vendió a su caballo por tres escudos. Luego rentó una habitación y se puso a arreglar su ropa. Con lo que le quedaba de dinero, mandó a arreglar su espada y sintió que estaba listo para una vida llena de aventuras.

El señor Tréville era amigo cercano del rey. Era un hombre muy valiente, fuerte y fiel. Por eso el rey lo hizo capitán de los mosqueteros, que eran los encargados de cuidarlo.

Estos mosqueteros no eran los únicos, porque había alguien muy poderoso que también tenía su propia guardia, su nombre era Cardenal Richeliu. Algunos lo creían tan importante como al propio monarca.

Estos dos grupos de guardias se odiaban entre sí. ¡Se la pasaban luchando! A veces ganaban los mosqueteros del rey, pero otras veces, aunque menos, las del cardenal.

El día que llegó D’Artagnan, había más de sesenta mosqueteros en el palacio del señor de Tréville. Ellos se estaba divirtiendo con un juego muy peligroso. Uno de ellos estaba en lo más alto de las escaleras, mientras otros tres trataban de subir al escalón superior. El ganador era quien ponía los dos pies ahí. Lo curioso es que, ¡lo estaban haciendo con sus espadas! Ya varios de ellos tenían cortadas en los brazos y manos. Nuestro héroe pensó que ellos eran criminales, sin darse cuenta que eran los mejores guardias del rey.