Nuestra señora de París para niños

Hace muchísimos años, allá por 1500, hubo una gran fiesta del pueblo francés. ¡Todos se divertían! Incluso realizaron un concurso. Ganaría quien hiciera los gestos más feos. Unos hacían caras de changos y otros de locos. Cierto participante hizo una mueca tan horrible, que a todos les dio miedo. ¡También se burlaron! No había duda, ese hombre tenía que ser el primer lugar.

Lo llevaron a la capilla para coronarlo como el rey de los locos (ése era el título que le daban al vencedor). Cuando le pidieron que dejara de hacer esa monstruosa cara, ¡se sorprendieron mucho al darse cuenta que era su rostro real!

Todo él parecía una mueca. Tenía una cabeza enorme con algunos cabellos rojos. Entre los hombros, tenía una joroba gigante. Sus piernas estaban torcidas. Las manos eran gruesas y con callos. Pero aun así, tenía una gran habilidad y fuerza. Cuando apareció en la puerta de la capilla, una voz gritó:

—¡Es Cuasimodo, el campanero! ¡Es Cuasimodo, el jorobado de la iglesia de Nuestra Señora de París! ¡Viva, viva!

Algunas mujeres dijeron:

—¡Qué hombre más feo!

—¡Es el diablo!

—Yo lo he visto correr por los tejados.

—Hace brujería y la avienta por las chimeneas.

Es muy triste, pero a veces las personas sólo se dejan llevar por las apariencias. ¡No se permiten conocer el alma de la gente!

Un hombre, llamado Coppenole, le dijo:

—¡Vámonos de fiesta, Cuasimodo, nos divertiremos mucho!

Como el jorobado no le respondió, le gritó:

—¿Acaso eres sordo?

Sí, Cuasimodo era sordo, o por lo menos no escuchaba muy bien. Pero algo vio en la actitud de Coppenole que se enojó y le lanzó un gruñido. Todos saltaron hacia atrás e hicieron un círculo de unos quince metros alrededor de él. ¡Temblaban de miedo!

Cuando pasó el temor, lo sentaron en su trono de juguete, le pusieron su corona, lo levantaron con mucho esfuerzo y lo llevaron al desfile. Cuasimodo permitió que todo esto sucediera. Incluso, hasta parecía un poco feliz.

En la plaza de la ciudad, un grupo de teatro estaba representando una obra. De pronto, alguien gritó:

—¡Compañero! ¡Mira, es Esmeralda! ¡Esmeralda está en la plaza!

Esas palabras tuvieron un efecto mágico. Los que estaban en la calle, se quedaron quietos. Los que escucharon dentro de sus casas, corrieron hacia las ventanas. Un murmullo corría por todos lados: “Esmeralda, Esmeralda”.

El director de la obra estaba muy molesto. Ya nadie les ponía atención a sus actores.

—¿Qué es eso de: Esmeralda? —gritó—. Suena a palabra egipcia.

Gringoire, el director del teatro, se acercó a un círculo de personas que estaba rodeando a alguien. Ahí en medio, una joven comenzó a bailar.

“Esa mujer es un ángel o un hada”, pensó Gringoire. Así de bella era Esmeralda. No era alta, pero lo parecía. Su piel morena brillaba como la luna. Al bailar parecía un torbellino, y cuando pasaba junto a alguien, sus bellos ojos negros le lanzaban un destello.

A su alrededor, todos estaban con la boca abierta. Hombres y mujeres. Todos se sorprendían de su hermosura.

—¡Es una gitana! —dijo una mujer que parecía muy enojada.

En aquel tiempo, las personas no querían mucho a los gitanos. Se creía que robaban a los niños, que hacían magia negra y, en fin, que eran muy malos. Esto no era del todo cierto. Como en todos los pueblos de la humanidad, había mujeres y hombres buenos y algunos malvados.

Esmeralda siguió bailando. Tomó un par de sables e hizo unas maniobras muy peligrosas. La gente estaba asombrada. Entre todos los espectadores, un hombre parecía más interesado. A sus treinta y cinco años ya estaba calvo. Aunque tenía arrugas, de sus ojos brotaba el fuego de un jovencito. Cuando la muchacha de dieciséis años bailaba, sus pensamientos se transformaban en tristeza.

Mientras la chica realizaba una rutina cómica y el público reía, el hombre calvo gritaba:

—¡Es una hechicera!

La gitana volteó a verlo y pensó: “¡Ah!, ese hombre diabólico”. Luego terminó su espectáculo y comenzó a pedir dinero al público. ¡Le dieron muchísimo! Cuando se acercó a Gringoire para pedirle su cooperación, a él le estaba dando mucha pena, porque no tenía nada que darle. Para su fortuna, una voz de mujer gritó:

—¿Te vas a ir ya, langosta?

La pequeña gitana se asustó y se fue de ahí. Mientras tanto, Gringoire fue a buscar comida a un sitio donde se alimentaba a los pobres, pero ya no había nada. Así que se sentó recargado en una pared. ¡Su estómago gruñía! De pronto escuchó una hermosa voz. ¡Era la joven gitana cantando!

Su canto era tan maravilloso como su belleza o su baile. ¡Parecía una reina! Al poco tiempo, Gringoire ya estaba llorando por lo triste de la canción. En ese momento pasó el desfile con Cuasimodo arriba de su trono. La gente reía y gritaba. ¡Era una gran fiesta! Aunque las personas se estaban burlando de la fealdad del jorobado, a éste no le importaba, o no se daba cuenta. Gringoire vio en la multitud al hombre calvo y pensó: “¡Ahí está el arcediano Claude Frollo! ¿Qué hará aquí?” Un arcediano es el sacerdote más importante de una catedral.

De pronto se escucharon muchos gritos. Cuasimodo bajó de su trono y se lanzó sobre el arcediano. La gente pensó que iba a atacarlo, pero en lugar de eso, se arrodilló delante de él y bajó la cabeza. El sacerdote le quitó su corona y le rompió la capa. Luego hubo un pequeño diálogo entre ellos que nadie alcanzó a escuchar. Al final, Frollo sacudió a Cuasimodo de los hombros y le gritó que lo siguiera. El jorobado se fue detrás de él como un niño regañado por su madre. Luego se fueron por una calle estrecha y se perdieron de vista.

“Todo esto fue impresionante, ¿pero dónde voy a encontrar algo para cenar?”, pensó Gringoire.

Gringoire vio que Esmeralda iba a caminar por París. Decidió seguirla. Ella avanzó mucho. A lo lejos se veía tan hermosa como de cerca. Después de un rato, las calles eran cada vez más angostas y oscuras. Al joven comenzó a darle miedo. Ya no sabía dónde estaba.

Esmeralda se dio cuenta de que la seguían. A veces volteaba hacia atrás para ver quién era. La muchacha giró en una calle y de pronto, se escuchó un grito. La cabra comenzó a balar, que es el sonido que hacen esos animales. Gringoire corrió con valentía hacia ella, mientras gritaba: