Robinson Crusoe para niños

Robinson Crusoe de Daniel Dofoe es el clásico de clásicos de libros de aventuras de un naufrago. 

¿Te imaginas quedarte completamente solo durante muchos años? Puede parecer sencillo, pero hay que buscar dónde vivir, qué comer y, por supuesto, cuidarse de los peligros de la naturaleza, por ejemplo, de las bestias salvajes. 

También hay que pensar en cómo ser rescatado y cómo ser visto si alguien se acerca. 

De todo esto y mucho más

Robinson Crusoe para niños

De seguro ya has escuchado sobre mí. Soy Robinson Crusoe, ¿has escuchado mi nombre? De cualquier manera, te voy a contar un poco sobre mi vida. Yo nací en 1632. Mi padre quería que yo fuera abogado, pero eso no me gustaba mucho porque sólo me interesaba el mar. Un día me llamó a mi cuarto para recordarme lo feliz que yo estaba en casa. También mencionó que no le parecía buena idea que yo fuera buscar aventuras pero que, si lo hacía, tuviera mucho cuidado.

En ese momento decidí embarcarme en una nave que iba a Londres. Si yo le hubiera hecho caso a mi padre, no me habrían pasado tantas cosas malas, pero eso lo aprendí muy tarde. Por eso te cuento todo esto, para que veas lo que podría pasar si no sigues los consejos de tus papás.

Creo que nunca ha existido un joven aventurero a quien le haya ido tan mal como a mí. Imagina que en cuanto salió el barco, comenzó una tormenta. ¡Hubieras visto la violencia del mar! Y claro, como nunca había estado en el océano, me sentí muy enfermo.

Mientras tanto, la tormenta se hacía más fuerte y me asustaba mucho pues nunca había visto nada así. En un momento me dije: “Si vuelvo a tocar tierra firme, me iré de regreso con mis padres y no volveré a salir nunca más”. Este pensamiento permaneció conmigo mientras duró la tormenta, pero cuando acabó y el cielo se despejó, vi uno de los paisajes más bellos que puedo recordar y mis miedos comenzaron a irse.

Al día siguiente, un compañero de viaje se me acercó y, dándome una palmada en el hombro, me dijo:

—Bueno, Bob, parece que ayer te asustaste con una pequeña ráfaga de viento.

—¿Llamas a eso una ráfaga de viento? —le dije—. Aquello fue una tormenta terrible. El barco se iba a romper y nos salvamos de milagro.

—¿Una tormenta? ¿Le dices a eso una tormenta? Eso no fue nada. Como tenemos un buen barco, no nos preocupamos por una lluviecita como ésa. Lo que sucede es que no estás acostumbrado. Ven, vamos a tomar una taza de ponche y olvidemos todo. ¿Ya viste que hermoso clima tenemos ahora?

Poco a poco mis pensamientos de la noche anterior fueron desapareciendo y ya no tenía tanto miedo de ser tragado por el mar.

Después de unos días llegamos a un puerto. Como no había mucho viento para usar las velas, nos quedamos ahí. Lo malo fue que al octavo día se desató una terrible tempestad.  Era tan fuerte que el Capitán mandó poner dos anclas más y lo escuché murmurar: “Es el fin, estamos perdidos”. El viento se escuchaba como si el cielo se estuviera partiendo en dos.

Al principio me comporté como un inútil y no podía ayudar en nada. Estaba paralizado de terror tanto por la tormenta y como por las palabras del Capitán.

Alrededor nuestro ya se habían hundido dos barcos y otros dos fueron arrastrados por el mar. Hacia la tarde, el piloto le dijo al Capitán que se debía cortar el mástil, porque de lo contrario, nos íbamos a hundir.

Imagínate cómo me sentía en ese momento, pues sólo era un aprendiz de marinero con pocos días en el agua. Te puedo decir que estaba diez veces más asustado que la vez pasada y todavía no sucedía lo peor. Mi miedo aumentaba al escuchar a los marineros decir que la tempestad era tan fuerte que nunca habían visto una así.

Como si no tuviéramos ya muchos problemas, al barco se le hizo una grieta y le estaba entrando agua. El Capitán me dijo que fuera a sacar el agua con la bomba. De inmediato me puse a trabajar con todas las fuerzas de mi corazón.

Unos barcos pequeños pasaron junto a nosotros. Iban a mar a abierto para intentar salvarse. Al verlos, nuestro Capitán soltó un cañonazo para pedir ayuda. Como no sabía qué era ese ruido, me espanté tanto que me desmayé. Un hombre se acercó a la bomba. Creyó que yo estaba muerto. Me hizo a un lado con el pie y siguió trabajando. Pasó un buen rato antes de que recuperara el sentido.

Seguimos trabajando en la bomba, pero sabíamos que el barco se hundiría. Aunque la tormenta había disminuido un poco, ni así podríamos llegar a la orilla. El Capitán seguía enviando cañonazos para pedir auxilio. Gracias a eso un barco pequeño nos mandó un bote. Nos costó mucho trabajo subir a él, pero lo logramos. Así que con ayuda de los remos y de la corriente, nos dirigimos hacia una costa cercana.

No habían pasado ni quince minutos de que salimos de nuestro barco cuando lo vimos hundirse. ¡Fue un espectáculo horrible! El ruido que hacía me hizo temblar de terror. Después de un rato, logramos llegar a la costa donde ya estaban muchas personas listas para recibirnos y ayudarnos. Los habitantes de ahí nos trataron muy bien y hasta nos dieron dinero para llegar a Hull o a Londres. Eran muy buenas personas. Si yo hubiera tomado la buena decisión de regresar a Hull y de ahí a casa, habría tenido una vida feliz. Pero soy un hombre necio y en lugar de hacer lo lógico, seguí adelante con mi viaje.

Entonces, el padre de mi compañero me dijo: