Aladino para niños

¿Has visto la película de Disney de Aladino? ¡Pues este cuento para niños es mejor! Está basado en la historia original que se en encuentra en otro libro: Las mil y una noches. 

Este es un resumen de Aladino y la lámpara mágica (o maravillosa, como quieras decirle) y está escrito de forma divertida y amena, pero siguiendo la historia. Así que podrás dejar llevar tu imaginación sin pensar en nada más que en los geniales personajes de este libro para los pequeños

¡Disfrútalo mucho! ¡Ah, y si quieres, puedes leérselo a tu mamá y a tu papá en las noches! A ellos también les va a encantar. 

Aladino para niños

Historia de Aladino y de la lámpara mágica

En una ciudad muy lejana y hace mucho tiempo, había un hombre muy bueno. Trabajaba como sastre. Él, su esposa y su hijo, llamado Aladino, eran pobres. El niño era muy mal educado y grosero. No quería estudiar.

El padre puso una tienda. ¡Aladino nunca quiso trabajar ahí! Se la pasaba todo el tiempo en la calle. Además, sus amigos eran unos pequeños ladrones. Al ver que su hijo no tenía remedio, el sastre murió. Entonces la esposa vendió la tienda y con ese dinero vivieron unos meses. Luego se dedicó a coser ropa para otras personas. ¿Crees que Aladino ayudó a su madre? ¡Nada de eso! Siguió en la calle portándose mal… muy mal.

Así, el joven llegó a los quince años. A pesar de ser un vago, era un chico hermoso con dos grandes ojos negros. Un día, un mago pasó por ahí. Le gustaba pasear por el mundo. Estaba descansando en una banca cuando vio a Aladino.

—¡Aquí está el muchacho que busco desde hace tanto tiempo! —se dijo en voz baja, pero muy emocionado.

El mago se acercó a un amigo del joven, le dio una moneda y le pidió que le contara todo sobre su víctima. Luego se acercó a Aladino.

—¿No eres tú Aladino, el hijo del sastre?

—Sí, yo soy. Hace mucho tiempo que murió mi padre.

Al escuchar esas palabras, el mago lo abrazó con fuerza y comenzó a llorar. Así estuvo un rato hasta que Aladino dijo:

—¿Por qué estás tan triste?

—Es que… ¡Soy tu tío! Me siento muy infeliz porque acabas de decirme que mi hermano ha muerto.

—Pero no te conozco.

—Hace muchos años me fui del país. Regresé sólo para ver a tu padre de nuevo.

—Lo lamento mucho.

—En cuanto te vi supe que eras de la familia. Cuando me fui todavía no nacías, pero aun así te reconocí. ¡Eres igual a él!

Después el mago sacó una moneda de diez dinares, la cual valía mucho, y la puso en la mano de Aladino.

—Ten este dinero. Quiero que se lo des a tu madre. Dile que he vuelto y que mañana la visitaré.

El joven se despidió y salió emocionado a su casa. Al llegar le contó todo a su madre y ella contestó:

—¿Te quieres burlar de mí? Tú no tienes ningún tío.

—Claro que sí. Me lo contó todo y me abrazó. No puedes dudarlo.

Después el joven salió de su casa sin decirle a su mamá sobre el dinero.

Al día siguiente, el mago volvió a buscar a Aladino. Lo abrazó con mucha ternura y le dijo:

 

—¡Estoy feliz de verte! Por favor, toma estos dos dinares. Son para tu mamá. Dile que prepare algo rico para la cena, porque iré en la noche.

—Así será, tío.

—Por favor, dime por dónde queda tu casa.

El joven le señaló la ruta y luego cada quien siguió su camino. El muchacho entró a su casa y le contó a su mamá lo que sucedió.

—Ten esto dos dinares. Mi tío vendrá a cenar —le dijo.

—Tal vez me equivoqué. Quizás no conocía a toda la familia de tu padre.

La madre fue a comprar las cosas para la cena y comenzó a prepararla. Al caer la noche, llegó el mago. Todos se saludaron con alegría, aunque se sentían nerviosos. Luego el mago contó su historia.

—Viajé por el mundo. Conocí muchas culturas. He comido de todo.

—¿Por qué regresó? —preguntó ella.

—Un día estaba descansando, cuando me acordé de mi patria y de mi hermano. Me di cuenta de que yo era rico y que él, tal vez, todavía era pobre. Lo extrañé mucho y quise venir a verlo. También quería darle dinero si lo necesitaba. Así que hice
mi equipaje y comencé mi viaje de regreso. Al llegar vi a Aladino y supe de inmediato que era mi sobrino.

Cuando el mago terminó de hablar, se dio cuenta que la madre estaba llorando. Para que
olvidara sus tristezas, le preguntó a Aladino:

—Dime, sobrino mío, ¿en qué trabajas para ayudar a tu pobre madre?

Al escuchar eso, por primera vez a Aladino le dio pena ser un vago.

—¡Trabajo!
—dijo la madre—. ¡Éste no piensa más que en andar en la calle! Todos sus amigos
son unos flojos, igual que él. ¡Por eso murió su padre! Y yo… bueno, ya casi no puedo ni trabajar. Estoy vieja. No sé qué va a pasar con nosotros.

 

—Yo puedo ayudarte, Aladino —dijo el tío falso—. Si no te gusta ser sastre como tu papá, puedo conseguirte otro oficio, tal vez como zapatero o carpintero.

El joven no dijo nada, pero hizo un gesto de disgusto. Eso significaba que no le gustaban ese tipo de trabajos.

—Bien, bien, parece que buscas otra cosa —dijo el mago—. ¿Qué te parece si te pongo una tienda de telas finas? Así podrías vestir con elegancia y tener dinero. Sólo tendrías que comprar y vender.

Esta idea le gustó a Aladino y aceptó.

Al día siguiente el mago fue por el joven. Lo llevó a una tienda de ropa y pidió el traje más hermoso que tuvieran.

—Escoge el que más te guste, hijo mío —dijo el tío.

Aladino tomó uno de seda brillante. El turbante era como de oro y las botas de piel roja. Cuando se puso todo eso, el joven parecía otra persona.

—Como vas a ser comerciante —dijo el mago—, es necesario que conozcas el negocio.

Así que lo llevó a las mejores tiendas de telas. Le presentó a los dueños. También fueron a conocer los palacios importantes.

 

—Hasta ahora —le dijo a Aladino—, sólo has tratado con niños. Ahora debes conocer a los adultos.