Simbad el Marino Versión para niños
Simbad el Marino Versión para niños

¡Bienvenidos y bienvenidas al increíble mundo de Simbad el Marino. En este cuento encontrarás las aventuras más sorprendentes que se puedan dar en el mar, además de que disfrutarás de personajes maravillosos.

Este libro para niños es GRATIS, así que sólo tienes que leer, leer y dejar volar tu imaginación. 

Simbad del Marino, en realidad, pertenece a otro libro mucho más grande: Las mil y una noches, que se encuentra en la sección de libros para niños de 12 a 14 años

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Simbad el marino

Cuando vivía el gran califa,  en Bagdad había un hombre llamado Simbad, el Cargador. Era muy pobre. Trabajaba cargando bultos en la cabeza. Un día tuvo que llevar una carga muy pesada. Hacía demasiado calor. Para su fortuna, pasó frente a una puerta de donde salía un viento agradable. Era una casa de gente rica. Al estar parado ahí, vio a las personas divertirse. Escuchó hermosa música y observó de lejos deliciosa comida.

Sin saber por qué, comenzó a cantar los siguientes versos:

Hay mucha riqueza y tantos pobres.

Ellos son felices, nosotros sufrimos.

De cualquier forma, yo los quiero mucho.

Aunque tengan todo y yo esté tan cansado.

Así es la historia de este hombre…

Al terminar, Simbad el Cargador quiso poner su paquete de nuevo en la cabeza, pero una mujer que trabajaba en esta casa se le acercó.

—Entra, mi amo quiere hablar contigo —dijo ella.

Con mucha pena, Simbad entró. En la sala había gente muy importante y rica. Ahí vio flores y comida como nunca en su vida. En medio del cuarto estaba un hombre de rostro imponente. Tenía barba blanca. Parecía ser noble y amable.

Al ver todo eso, Simbad pensó: «Este lugar parece un palacio. ¡Aquí debe vivir un sultán! En ese momento el dueño de la casa, el hombre que vio, le hizo una señal para que se acercara.

—Hola, amigo —le dijo el dueño—. Siéntate a mi lado. ¿Deseas almorzar?

Simbad agradeció y comió hasta que ya no pudo más. Al terminar, el anfitrión preguntó:

—¿Puedes decirme tu profesión y tu nombre, amigo?

—Me llamo Simbad, el Cargador. Llevo bultos en mi cabeza.

—¡Qué curioso! —dijo el dueño de la casa con una sonrisa—. ¡Tú nombre es igual al mío! Yo soy Simbad, el Marino.

Luego continuó:

—Te mandé llamar para que cantaras de nuevo esos hermosos versos.

Al escuchar estas palabras, el Cargador se sonrojó y dijo:

—Lamento mucho que haya escuchado. Qué pena.

—Te ruego que no te avergüences. Sólo cántalos de nuevo para mí. A partir de ahora te considero un gran amigo.

Entonces el Cargador cantó de nuevo. ¡A Simbad, el Marino le gustaron mucho!

—Yo también tengo una historia asombrosa. Te contaré algunas de las aventuras que he tenido, y cómo llegué a ser rico y feliz.

Simbad, el Marino les pidió a todos los invitados que se acercaran a él y dijo:

—Mi padre era un hombre rico. Cuando murió, yo era pequeño, pero me dejó casas y mucho dinero.

«Cuando me hice hombre, tomé mis riquezas y comencé a viajar, a comer, en fin, a gastar todo. ¡Yo creí que mi fortuna duraría para siempre!, pero no fue así. En algún momento me di cuenta que ya no tenía casi nada.

Después de ponerme muy triste, vendí todo lo que me quedaba y conseguí algo de dinero. Compré algunas cosas para comerciar y subí todo a bordo de un barco mercante.

¡Navegamos durante días y noches, tocando islas y puertos! Pasamos de un mar a otro y de una tierra a otra. En cada sitio vendía mis mercancías y compraba otras. ¡Me estaba haciendo rico de nuevo

Un día que navegábamos sin ver tierra desde hacía tiempo, vimos surgir del mar una isla. Tenía tanta vegetación que parecía el paraíso. Anclamos junto a ella y muchos comerciantes bajamos a conocerla. Algunos encendieron la lumbre para hacer comida, otros lavaron ropa, otros sólo pasearon o se acostaron para descansar.

Todo era paz y tranquilidad, cuando de pronto, la isla tembló tan fuerte que algunos hasta cayeron al piso. En ese momento vimos aparecer nuestro barco. En la proa estaba el capitán que gritaba con voz terrible:

—¡Sálvense pronto! ¡Vamos, suban a bordo de inmediato! ¡Dejen todo y regresen! ¡La isla donde están no es una isla, sino una ballena gigante! ¡En su lomo hay tanta tierra que creció la vegetación en la que están!

Los comerciantes y marineros comenzaron a lanzarse al mar para llegar al barco. Mientras tanto, el capitán seguía gritando:

—¡Con el fuego la despertaron de su largo sueño! ¡Si no se salvan ahora, se sumergirá con ustedes encima!

Todos dejaron sus utensilios. Algunos llegaron a tiempo a la nave, pero otros no. Entre estos: ¡yo! Para mi fortuna, había un tablón que logré tomar. Me puse encima de él y con mis manos y mis pies me puse a remar.

Mientras tanto, el capitán se alejó de ahí para salvar el barco.

Durante una noche y un día enteros luché contra el mar. El viento me arrastró hacia la orilla de una isla. Cuando por fin llegué a ella, mi cuerpo estaba tan lastimado que ya no sentía nada. Me tiré sobre la arena y caí como muerto. Así estuve dos días.

Cuando desperté, quise levantarme pero mis pies no me respondieron. Me tuve que arrastrar para encontrar algo para beber y comer. Después de mucho esfuerzo, llegué a un sitio con árboles frutales y un lago de agua fresca. Allí descansé durante varios días, comiendo frutas y tomando en la fuente.

En poco tiempo me sentí mejor. Logré mover mis piernas, aunque tuve que hacerme unas muletas para caminar. Así pasé días y días, observando aquel paraíso.

Una mañana, vi algo que me pareció un animal salvaje o un monstruo de mar. Al acercarme, observé que era una yegua hermosa atada a un poste. Me sorprendió mucho, así que fui hasta ella. De pronto, me espantó un grito tenebroso. Del susto me quedé paralizado. Entonces apareció a un hombre que caminaba hacia mí.

—¿Quién eres? ¿De dónde eres? ¿Qué hizo que vinieras hasta aquí? —dijo casi gritando, pero sin estar molesto.

—¡Oh, señor! —contesté—. Soy un extranjero que iba a bordo de un barco que naufragó.

Cuando me escuchó, me tomó de la mano y dijo:

—Sígueme.

Le hice caso y me bajó a una caverna. Adentro había un sillón, donde me pidió que me sentara. Luego me dio de comer, lo que agradecí mucho. Le conté toda mi historia y le pedí que me dijera qué hacía ahí. Él contestó:

—Somos muchos los que estamos en esta isla. Nos quedamos en varios lugares para cuidar los caballos del rey Mihraján. Cuando sale la luna nueva, cada uno de nosotros trae una yegua, la pone cerca del mar y se esconde. En la noche, un caballo mágico sale del agua y se enamora de una de ellas. Como fruto de ese amor, nace un potro maravilloso. ¡Justo hoy tiene que venir el caballo! Te prometo que luego te llevaré conmigo.